Salimos un viernes por la tarde, con la luz justa para llegar al refugio antes de que se hiciera de noche. No había plan más allá de caminar, cocinar algo sencillo y dormir temprano. A veces ese es el mejor plan.

El camino
La primera hora siempre cuesta. Las piernas protestan, la mochila pesa más de lo que recordabas y la cabeza sigue en la ciudad. Pero en algún punto el ritmo se acompasa, la conversación se apaga sola y lo único que queda es el ruido de las botas sobre la tierra.
No subes a la montaña para llegar a la cima. Subes para que la ciudad se te caiga de encima.
Lo que me llevo
No hicimos cumbre. Nos quedamos a media ladera viendo cómo el valle se llenaba de niebla, y estuvo bien así. Volví el domingo cansado, con una ampolla y la cabeza más despejada que en semanas.
Hay cosas que no se arreglan trabajando más. Se arreglan andando dos días sin señal.